La Tribuna.- “No nos hagan esto por favor, somos personas pobres y necesitamos un techo, tengo cinco hijos y qué voy a hacer con ellos”, gritaba ahogada en llanto, María Santos Argueta, al tiempo que se le arrodillaba a los policías, para que no la desalojaran de su pequeña vivienda.
Fueron cuadros desgarradores los que se observaron, cuando al menos 600 policías antimotines fuertemente armados, se hicieron presentes a la colonia Soledad del Manzanal, para desalojar a unas 500 familias que hace más de dos años invadieron esos terrenos privados.
Los territorios conocidos como Soledad del Manzanal están ubicados a unos dos kilómetros de la colonia 21 de Febrero, donde antes únicamente eran cerros cubiertos de monte, pero que comenzaron a ser habitados de a poco por esas personas, después del huracán Mitch.
En el cerro se podían observar centenares de casitas de construcción de madera y láminas de zinc, mientras que en las afueras decenas de niños jugaban inocentemente.
Se conoció que la mayoría de los habitantes tenían unos dos años de habitar el sector, pero otras personas como la presidenta y el vicepresidente del patronato de esa comunidad, tenían de vivir ahí desde hace unos 9 años.
Desde entonces la propietaria de los terrenos Priscila Romero Sánchez, comenzó a hacer las gestiones para sacar a los invasores de sus tierras, lo cual se le había hecho imposible, porque estos se resistían y argumentaban que los terrenos pertenecían a la comuna capitalina.
El caso fue llevado a juicio y después que se agotaron todas las instancias se determinó que los predios pertenecen a la demandante, por lo que con la orden de los Tribunales de Justicia se procedió al desalojo.
Una hora para desalojar
La acción comenzó a ser efectiva desde las 7:00 de la mañana, pero desde horas antes los moradores de la zona se apostaron en la entrada de la colonia para obstruir el paso de los policías.
Cantando melodías cristianas y portando pancartas, los afectados recibieron a los elementos del orden, a quienes le dejaron claro que estaban dispuestos a morir antes de ver cómo los expropiaban de lo que consideraban sus tierras.
Más tarde se hizo presente al lugar el juez ejecutor Roberto Izaguirre, quien les mostró los documentos que constataban que ellos no eran dueños de las tierras y que tenían que desalojar, pero la respuesta de los habitantes fue la misma: un rotundo no.
El desalojo pacífico no pudo llevarse a cabo, por lo que a la juez no le quedó otra opción que darles un tiempo prudencial a los invasores para que comenzaran a abandonar ese lugar, porque de lo contrario se utilizaría la fuerza.
A las 10:00 de la mañana Izaguirre abandonó la zona y les dio una hora a los habitantes del Manzanal para que se fueran voluntariamente del lugar, porque a partir de las 11:00 se comenzaría el desalojo.
La postura de las personas continuó firme hasta que se venció el plazo, por lo que a las 11:00 de la mañana, el juez llegó nuevamente al sector en conflicto y tal como lo había advertido procedió a desalojar a los invasores.
Golpes, pedradas y mordidas
A esa hora los antimotines se abalanzaron sobre la multitud que obstaculizaba la entrada al lugar y a punta de empujones y garrotazos comenzaron a quitar a la gente, la cual como podía se defendía.
De pronto comenzaron a volar las piedras, los puntapiés y hasta mordidas, pero lo policías seguían tratando de despejar el lugar, lo cual en un momento parecía que sería imposible.
“Nosotros no le hacemos daño a nadie, por qué nos quieren sacar de nuestras casitas”, entre lágrimas gritaban impotentes los desalojados, al tiempo que eran garroteados por los antimotines.
Hubo quienes hasta se enfrentaron a los policías, pero fueron sometidos a la impotencia, “enchachados” y subidos a las patrullas, otros que mejor prefirieron mantenerse al margen, pues consideraban difícil nadar “contra la corriente”.
A raíz de la fuerte oposición de los invasores, la policía tuvo que hacer uso de un tractor para ingresar a los terrenos y en cuestión de minutos comenzó a destruir casa por casa, con todo lo que había adentro.
Los afectados se tiraban al piso y lloraban como niños, al ver cómo eran destruidas sus humildes casitas, otros se ponían enfrente del tractor para evitar el desalojo, pero eran capturados por los policías.
Al final todos los habitantes de la zona, decidieron acceder y con lágrimas en sus ojos comenzaron a sacar sus pertenencias y a desmantelar sus casas, para emigrar a otro sector de la capital.